miércoles, 30 de noviembre de 2011
martes, 29 de noviembre de 2011
domingo, 27 de noviembre de 2011
El Papel Arrugado Autor Desconocido
Mi carácter impulsivo me hacía reventar en cólera a la menor provocación. La mayor parte de las veces, después de uno de estos incidentes, me sentía avergonzado y me esforzaba por consolar a quien había dañado.
Un día un psicólogo, a quien me vi dando excusas después de una explosión de ira, me entregó un papel liso.
Y entonces me dijo: “Estrújalo.” Asombrado, obedecí e hice una bola con el papel.
Luego me dijo: “Ahora déjalo como estaba antes.” Por supuesto que no pude dejarlo como estaba. Por más que traté, el papel quedó lleno de arrugas.
Entonces el psicólogo dijo: “El corazón de las personas es como ese papel. La impresión que dejas en ese corazón que lastimaste será tan difícil de borrar como esas arrugas en el papel. Aunque intentemos enmendar el error, ya estará marcado’ ”.
Por impulso no nos controlamos y sin pensar arrojamos palabras llenas de odio y rencor y luego, cuando pensamos en ello, nos arrepentimos. Pero no podemos dar marcha atrás, no podemos borrar lo que quedó grabado. Y lo más triste es que dejamos “arrugas” en muchos corazones.
Desde hoy sé más compresivo y más paciente. Cuando sientas ganas de estallar recuerda “El papel arrugado.” Es un consejo que te doy.
Luchar Hasta Vencer Autor Desconocido
En la pequeña escuelita rural había una vieja estufa de carbón muy anticuada. Un chiquito tenía asignada la tarea de llegar al colegio temprano todos los días para encender el fuego y calentar el aula antes de que llegaran su maestra y sus compañeros.
Una mañana llegaron y encontraron la escuela envuelta en llamas. Sacaron al niño inconsciente más muerto que vivo del edificio. Tenía quemaduras graves en la mitad inferior de su cuerpo y lo llevaron urgente al hospital del condado.
En su cama el niño horriblemente quemado y semi-inconsciente, oía al médico que hablaba con su madre. Le decía que seguramente su hijo moriría, que era lo mejor que podía pasar, en realidad, pues el fuego había destruido la parte inferior de su cuerpo.
Pero el valiente niño no quería morir. Decidió que sobreviviría. De alguna manera, para gran sorpresa del médico, sobrevivió.
Una vez superado el peligro de muerte volvió a oír a su madre y al médico hablando despacito. Dado que el fuego había dañado en gran manera las extremidades inferiores de su cuerpo, le decía el médico a la madre, habría sido mucho mejor que muriera ya que estaba condenado a ser inválido toda la vida sin la posibilidad de usar sus piernas.
Una vez más el valiente niño tomó una decisión. No sería un inválido. Caminaría. Pero desgraciadamente, de la cintura para abajo, no tenía capacidad motriz. Sus delgadas piernas colgaban sin vida.
Finalmente, le dieron de alta. Todos los días su madre le masajeaba las piernas pero no había sensación, ni control, nada. No obstante, su determinación de caminar era más fuerte que nunca.
Cuando no estaba en la cama estaba confinado a una silla de ruedas. Una mañana soleada la madre lo llevó al patio para que tomara aire fresco. Ese día en lugar de quedarse sentado se tiró de la silla. Se impulsó sobre el césped arrastrando las piernas. Llegó hasta el cerco de postes blancos que rodeaba el jardín de su casa. Con gran esfuerzo se subió al cerco. Allí, poste por poste, empezó a avanzar por el cerco decidido a caminar.
Empezó a hacer lo mismo todos los días hasta que hizo una pequeña huella junto al cerco. Nada quería más que darle vida a esas dos piernas.
Por fin, gracias a las oraciones fervientes de su madre y sus masajes diarios, su persistencia férrea y su resuelta determinación, desarrolló la capacidad, primero de pararse, luego caminar tambaleándose y finalmente caminar solo y después correr.
Empezó a ir caminando al colegio, después corriendo, por el simple placer de correr. Más adelante en la universidad formó parte del equipo de carrera sobre pista.
Y aun después en el Madison Square Garden este joven que no tenía esperanzas de que sobreviviera, que nunca caminaría, que nunca tendría la posibilidad de correr, este joven determinado, Glenn Cunningham, llegó a ser el atleta estadounidense que ¡corrió el kilómetro más veloz el mundo!
Moraleja: Haz lo que puedas y Dios hará lo que no puedas.
El Árbol de los Deseos Autor Desconocido
Sentado sobre la tierra dura él pensaba que sería muy agradable encontrarse una cama mullida. Al momento, esta cama apareció al lado suyo.
Asombrado el hombre se instaló y dijo que el colmo de la dicha sería alcanzado, si una joven viniera y masajeara sus piernas tullidas. La joven apareció y lo masajeó de una manera muy agradable.
—Tengo hambre —dice el hombre— y comer en este momento sería con seguridad una delicia. Una mesa surgió cargada con alimentos suculentos. El hombre se alegra. Come y bebe. Su cabeza se inclina un poco. Sus párpados, por la acción del vino y la fatiga, se cierran. Se dejó caer a lo largo de la cama y pensaba ahora en los maravillosos eventos de este extraordinario día.
—Voy a dormir una hora o dos —se dice él- Lo peor sería que un tigre pasara por aquí mientras duermo.
Un tigre aparece enseguida y lo devora.
Usted tiene en si mismo un Árbol de deseos que espera sus órdenes. Pero cuidado, el también puede realizar sus pensamientos negativos y sus temores. Puede contaminarse de ellos y bloquearse. Este es el mecanismo de las preocupaciones.
Yo le deseo, de todo corazón, una vida libre de preocupaciones, de pensamientos negativos y temores, ¡a la sombra de su propio Árbol de los Deseos!
viernes, 25 de noviembre de 2011
Las tres gotas brillantes
El Alba pasó una mañana cerca de una camelia y oyó pronunciar su nombre por tres gotas cristalinas.
Se aproximo; luego posándose en el corazón de la flor, preguntó cariñosa:
Se aproximo; luego posándose en el corazón de la flor, preguntó cariñosa:
-¿Qué desean de mí, gotas brillantes?
-Que vengas a decidir una cuestión- dijo la primera-.Somos tres gotas diferentes reunidas en diversos puntos. Queremos que digas cuál de nosotras vale más y cual es la más pura.
-Acepto; habla tú, gota brillante. Y la primera gota trémula habló así:
-Yo vengo de las altas nubes; soy hija de los grandes mares; nací en el ancho océano. Después de andar por mil borrascas, una nube me absorbió. Fui a las alturas, donde brillan las estrellas, y de allá, rodando entre rayos, caí en la flor en la que descanso ahora. Yo represento al océano.
-Habla tú, gota brillante-dijo el Alba a la segunda.
-Yo soy el rocío que tiembla sobre los lirios; soy hermana de la Luna; soy hermana de las tinieblas que se forman en cuanto llega la noche. Yo represento al amanecer del día.
-¿Y tú? Preguntó el Alba a la más pequeña.
-Yo nada valgo.
-Habla: ¿de donde vienes?
-De los ojos de una madre. Soy una lágrima.
-Esta es la de más valor, es la más pura.
-Pero yo fui océano...
-¡Yo atmósfera!...
-Sí, trémulas gotas; mas esta fue corazón...
Y el Alba desapareció por la región azul, llevando a la gota humilde ...
Los tres chivos
Érase una vez tres chivos que tiraban hacia el monte, a engordar con el pasto más verde y abundante. Los tres se llamaban Bruse. En el camino había un puente y debajo del puente vivía un duende, quien tenía los ojos como platos y la nariz larga como palo de escoba.
El chivo Bruse pequeño fue el primero en llegar al puente.
Tripp, trapp, tripp, trapp, se escucharon sus menudos pasos.
-¿Quién es el que cruza por mi puente? -preguntó el duende.
-Soy yo, el chivo Bruse más pequeño -contestó con voz tierna-. Voy hacia el monte a engordar.
-¡Ahora vengo y te como! -gritó el duende.
-¡Oh, no! ¡No me comas! ¡Soy pequeño, muy pequeño! Espera un instante, que ya viene el chivo Bruse mediano. ¡Él es más grande!
-Entonces te dejo pasar -dijo el duende.
Al cabo de un tiempo llegó el chivo Bruse mediano.
Tripp, trapp, tripp, trapp, se escucharon sus pisadas fuertes.
-¿Quién es el que cruza a trancos por mi puente? -preguntó el duende.
-Soy yo, el chivo Bruse mediano -contestó con voz delgada-. Voy hacia el monte a engordar.
-¡Ahora vengo y te como! -gritó el duende.
-¡Oh, no! ¡No me comas! Espera un poco, que ya viene el chivo Bruse grande. ¡Él es grande, muy grande!
-Entonces te dejo pasar -dijo el duende.
Al poco rato llegó el chivo Bruse grande.
Tripp, trapp, tripp, trapp, se escucharon sus pasos pesados, que hicieron crujir el puente.
-¿Quién es el que cruza a zancadas por mi puente -preguntó el duende.
-Soy yo, el chivo Bruse grande -contestó con voz fuerte.
-¡Ahora vengo y te como! -gritó el duende.
-¡Ven nomas! ¡Tengo los cuernos puntiagudos para arrancarte los ojos y las patas duras para hacerte pedazos! -advirtió el chivo Bruse grande, abalanzándose sobre el duende, a quien le arrancó los ojos con las astas, le molió los huesos a patadas y de una cornada lo lanzó por los aires. El duende fue a dar tan lejos, que desapareció para siempre.
Después los tres chivos Bruse corrieron al monte, donde comieron abundante pasto verde, hasta engordar tanto que no pudieron volver a casa. Y si la grasa sigue en sus cuerpos, entonces están todavía en el monte.
by:leemeuncuento.org
Suscribirse a:
Entradas (Atom)